Trilogía del Dolor: Part Two: Pequeña familia: La tumba de Zapata

Lyrics: Wilfrido Terrazas Music: Wilfrido Terrazas Permítanme contarles una historia. Pueden imaginar que es un corrido. O no. Pero la historia es verídica. Debe haber sido un domingo, pues todo estaba cerrado. Era uno de esos típicos días húmedos y calurosos del verano morelense. Días en que la lluvia llega, puntual, en la plenitud de la tarde, cual campana que da por terminada la actividad laboral. Mi trabajo veraniego de entonces me llevaba a pasar mucho tiempo en Morelos, la región que vio nacer la revolución zapatista de principios del siglo veinte. Todo en ese lugar me hablaba de Zapata. El Zapata vestigial, de las crónicas. El Zapata icónico, que se robaron las élites posrevolucionarias, ese que mostraba ufano su bigote en las fotografías e ilustraciones de mis libros de texto de la escuela. Ese mismo que después se apropió la cultura popular chicana, y tantas más, confirmando así que Zapata nos pertenece a todes. El Zapata nahua. El que tomó prestada la voz de la tierra, para hablar desde lo profundo. El Zapata de los cómics históricos que leí en mi infancia. “Esos que no tengan miedo, que pasen a firmar.” Visitamos Cuautla ese día. Bajamos del autobús: teníamos una hora para pasear por el pueblo. Yo sabía que Zapata estaba enterrado en Cuautla. No fue difícil encontrar su tumba. Por si no lo saben, la tumba de Zapata está en un parque público, señalada con una estatua sobre un modesto pedestal. No está resguardada, ni cercada. No la cuida nadie. Carece de boato y pompa. No tiene ángeles de mármol ni coronas de laurel. Simplemente está ahí. Presidiendo la desnuda plaza, acompañada de algunas bancas y pocos árboles. Me acerqué al monumento, pausadamente, como quien se acerca a presentar sus respetos en un funeral. Estuve ahí por unos minutos, en silencio. Noté que no había flores al pie de la tumba, y decidí buscar algunas. Recorrí las calles aledañas, buscando una florería. Encontré dos, pero estaban cerradas. Frustrado, regresé a la tumba y me senté en una banca cercana. La plaza estaba completamente vacía. Súbitamente, me sentí abrumado por una intensa ola de pena, el emerger de un quebranto absoluto. Lloré ahí, solo, absurdo, la única vez que he llorado al pie de una tumba. Pasado un tiempo, al sentir una presencia, levanté la mirada. Ante mí, vi a una niña. No se veía de más de doce años. “¿Me compra una flor?”, me dijo. Le di mis últimos veinte pesos por la única flor que tenía. “¿Cómo te llamas?”, le pregunté. “Me llamo Guadalupe”, respondió antes de irse, el billete hecho rollito en su mano. Deposité la flor sobre el pedestal. Después, todavía llorando en silencio, corrí para abordar el autobús, para entonces a punto de partir. En esa banca, un duelo brotó en mí. Un duelo que permanece, latente, que se reaviva ante el clamor acallado, la identidad rota, el despojo, la explotación, el horror de la injusticia. ¿Por qué me conmovió tanto la experiencia? No sentí ese duelo muchos años después, cuando visité la tumba de Villa –figura relevante para mi familia paterna– en el modesto panteón de Parral en el que también está enterrado mi abuelo. ¿Qué herida se reabrió ahí, que sigue abierta? De muchas maneras, sigo sentado en esa banca. No he terminado de llorar. Si un día visitan Cuautla, no olviden dejar una flor. O dos.